jueves, 30 de agosto de 2012

NACIDOS PARA CORRER de Christopher McDougall


Hace ya unos años existe la corriente dentro del atletismo popular del “minimal running”, cuyo objetivo final es correr descalzo (barefoot en inglés); pero... ¿por qué? la nebulosa de “entendidos / especialistas / biomecánicos / estudiosos...etece” dicen que a pesar de que las zapatillas cada vez tienen más avances tecnológicos, los índices de lesiones son cada vez más elevados. Esta vuelta a las cavernas del atletismo si bien habrá quien lo entienda como una vuelta de tuerca romántica a los orígenes, no es más que una primitiva búsqueda de nuestro bienestar. También hay quien lo entiende como una vuelta de tuerca más de las marcas fabricantes de zapatillas. Otro espectro de corredores más a cubrir por las multinacionales del calzado llámense naik, niubalansé, ladridas, mizumo, saltony o goma. Toditas tienen ya sus gamas de zapatillas minimales para correr semi-descalzo. Curiosamente raro es el modelo de éstas que baja de los 100 lauros cuando pesan la mitad que una convencional, se usa la mitad de material y no llevan ningún avance tecnológico. Vaya, que son una mera funda para los pies, y en el caso de una marca  concreta son unos guantes para los pinreles.

 El objetivo final es correr descalzo, pero la gran mayoría de los adeptos a esta tendencia se conforma con llegar a correr con zapatillas sin apenas amortiguaciones ni elevaciones de talon en la horma, ni protecciones en los puentes de las zapatillas. Para logar ese objetivo se precisa de  un largo período de adaptación de la técnica de carrera a un modo de correr con un mínimo talonamiento, para evitar las agresiones en la parte más sensible de nuestros pies, la planta y el talón.

Christopher McDougall era un corredor americano popular sufridor de eternas lesiones de rodilla, en los pies, espalda… en definitiva, un cromo de corredor. Como periodista que era, se adentró en las Barrancas del Cobre de México donde habitan los taras-humaras (también conocidos como “rara-muris”, los que corren), una mítica tribu de indios famosos por su fortaleza física. En esos territorios había desaparecido hace años un boxeador americano llamado MIcah Randall Hickman



MIcah Randall Hickman  había nacido en 1954 en Boulder (Colorado). Hijo de un sargento de Artillería del Cuerpo de Marines, vivió durante su infancia en diversas bases del ejército norteamericano. En su época universitaria (estudió “Historia americana y religiones orientales”) empezó a practicar boxeo para ganar algo de dinero con el que pagarse los estudios. No le fue mal en este deporte y acabó boxeando de manera profesional con cierto éxito, entre 1974 y 1982, con el nombre de Mike “True” Hickman. El apodo de True se lo puso en homenaje a su viejo perro… y ya quedaría con él para siempre. Y el posterior Micah estaría inspirado en el espíritu “valiente e intrépido” del profeta del Antiguo Testamento del mismo nombre


Pero su verdadera pasión era correr. Una pasión que le había inculcado un curioso ermitaño de Maui, una de las islas de Hawaii, donde residió algún tiempo. Correr largo y correr sólo, por la montaña, por cualquier sendero o camino por el que se pudiera sentir libre. Durante 20 años, Micah True siguió el mismo ritual: cada verano trabajaba duro haciendo mudanzas en su Boulder natal para ganar el dinero suficiente con el que vivir el resto del año allí donde podía hacer lo que más le gustaba: en las remotas montañas de México, corriendo y disfrutando de la libertad, haciendo entrenamientos interminables que sumaban con frecuencia más de 280 kilómetros semanales. “Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue –reconocería a Chris McDougall en una de sus conversaciones-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero este es un terreno salvaje. Así que tuve que esperar un poco”.

Así, conoció a los indios tara humaras, por los que pronto sintió verdadera fascinación, y entre los que vivió adaptándose a sus costumbres. Los tarahumara son un pueblo muy tranquilo y humilde, pobladores de las salvajes e impenetrables Barrancas del Cobre, en el estado de Chihuahua (México), y poseedores de una resistencia descomunal que les permite correr cientos de kilómetros seguidos, repito cientos de kilómetros seguidos. Están genéticamente adaptados a las carreras de fondo, y para ellos es su estilo de vida. De ellos, True aprendió todo lo que necesitaba saber para terminar de forjar su talento para las largas distancias: su técnica de carrera, sus alimentos y bebidas llenos de energía… y su curioso calzado, ya que corren calzando tan sólo huaraches, unas finas sandalias de cuero que ellos mismos se fabrican de manera artesanal. Con ellas, superó las molestias que arrastraba desde hacía años en los tendones del tobillo, y nunca más se lesionaría.

Después de unos años en las barrancas conviviendo con los tarahumaras, Caballo Blanco se había hecho más fuerte, estaba más sano, y corría más rápido que nunca en su vida: “Todo mi enfoque hacia el hecho de correr ha cambiado desde que estoy aquí”, reconocería a McDougall. Pero, sobre todo, aprendió numerosas lecciones de vida para manejarse en un territorio tan hostil, tierra de sequías y cañones casi inaccesibles. En él, Micah True encontró su tierra prometida, y una hermosa forma de vivir que adquiría todo su sentido a través de la carrera de larga distancia, actividad con la que exploraba los límites de su resistencia: “Siempre estoy perdiéndome y teniendo que escalar, con una botella de agua entre los dientes y águilas volando por encima de mi cabeza. Es algo hermoso”.

Un detalle final para entender por qué los taras-humaras son considerados los corredores más resistentes del mundo. El entretenimiento más popular que tienen son las carreras de bolas (rarajípari en el idioma tara-humara): Este es un juego de pelota muy común entre los tarahumaras y guarojíos. Es también el acto colectivo más importante que llevan a cabo los hombres tarahumaras. Consiste en lanzar con el empeine del pie una bola (komakali) hecha de raíces de encino u otro árbol y correr descalzo detrás de ella hasta alcanzarla. Con esta carrera los equipos realizan apuestas, resulta ganador quien llegue a la meta, la cual a veces está a 200 kilómetros de distancia. Las carreras pueden durar hasta dos días, toda la comunidad apoya y ayuda a sus competidores: les llevan agua y pinole, iluminan su camino durante la noche con ocotes encendidos, les echan porras, e incluso corren con ellos a lo largo de toda la ruta.

Y como esto es pura realidad, tuvo su triste final tras la publicación del libro: Caballo Blanco estuvo desaparecido por el Cañón del Cobre donde había salido como cualquier día y tras una incesante búsqueda de varios días en la que participaron un sinfín de atletas de ultramaratón su cuerpo sin vida fue encontrado junto a un río donde había parado a refrescar sus pies descalzos. Desde hace años en el Cañón del Cobre se corre un ultramaratón con su nombre sobre una distancia de 100 millas.

Por Antonio Medina



2 comentarios:

  1. Una historia algo triste, sobre todo por el final, pero de gran valor humano.
    Si ya nos parece una valentía correr 100 km, cualquiera se atreve con mas de 160km que son aproximadamente 100 millas.
    Yo con ese calzado no me atrevería ni hacer 100m

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